
La ola de calor que toda Europa ha sufrido en los últimos días ha sorprendido fatalmente en todos aquellos países que construyen sus edificios en defensa contra el frío, y que son todos excepto los de la cuenca mediterránea y Portugal.
¿Cómo puede imaginar un holandés (el gentilicio de ‘Países Bajos’ sigue sin inventarse), un alemán grandote y listo, un lituano o una lituana, un polaco muy formal o una simpática irlandesa, que el calor puede joderte la vida en verano? No pueden.
Y han descubierto un electrodoméstico básico en estas tierra del sur que se llama ‘aire acondicionado’ y permite vivir y dormir a los habitantes de ciudades prósperas y bonitas como Madrid, Nápoles, Sevilla, Atenas, Roma, Oporto, Valencia, Lisboa, Córdoba o Palermo. Lugares donde se colocaron hace años equipos de aire acondicionado y han resuelto ese problema que se llama canícula y ocurre cada verano.
Esa ola de calor, esa alarma terrible, hizo que cundiera un pánico que llegó hasta la mismísima sede de Bruselas, esa sede de la Comisión Europea en la que el sistema de aire acondicionado, que allí sí que está instalado, no funcionaba en las plantas 1 a 7 (donde trabajan los funcionarios) y solo funcionaba de la 8 a la 13, en las que trabajan los comisarios, sus asesores y doña Ursula von der Leyen, mira por dónde.
De modo que tanta calorina y tanta queja consiguió que la Eurocracia se decidiera a dedicar un ratito al aire acondicionado. Y han decidido que «el aire acondicionado es definitivamente una de las herramientas y, en algunos casos, una herramienta muy necesaria, si bien debe integrarse en un enfoque holístico de adaptación al calor que contemple muchas otras medidas de adaptación de los territorios”. Es decir, fantástico. Holístico y fantástico.
Y entre sus conclusiones hablan de estrategias como ‘el sombreado de edificios’ (anda y ponle unas sombrillas a las Torres de la Castellana), el aislamiento o la ventilación natural (esa ventilación natural en la ola de calor que nos asaba), ‘el diseño urbano adaptado al clima’ (y qué fácil), o la creación de zonas verdes (y a la verde Irlanda asada en la ola de calor le encanta escuchar la idea).
«El aire acondicionado es definitivamente una de las herramientas y, en algunos casos, una herramienta muy necesaria», se lee en el texto de la Comisión Europea. Claro que (porque siempre hay un ‘claro que’) “una implantación masiva de aparatos sin planificación urbana puede agravar el denominado efecto isla de calor en las ciudades”.
Y lo que todavía es peor: «la instalación de aparatos de aire acondicionado eleva el consumo y, por tanto, el gasto energético. Y su instalación debe respetar normas urbanística y las exigentes certificaciones de calidad energética para que no rompan el equilibrio medioambiental y respeten la calidad del aire».
No le importa a la CE que el 75% del gasto energético del total de las viviendas europeas se dedique a la lucha contra el frío. Ni que la mayoría de las instalaciones de calefacción en toda Europa estén obsoletas y contaminen más que la caldera de Lucifer. A la CE le importa que las instalaciones de aire acondicionado respeten normas urbanísticas y de eficiencia energética para que Europa y el planeta no colapsen.
Y lo cierto es que en España, en Italia, en Grecia, en Croacia, también en Portugal; las familias han instalado equipos de aire acondicionado en sus hogares. Y las empresas, las asociaciones, los clubes, los centros comerciales, los cines, las iglesias… en sus locales. Y la gente sale a la calle, entra en sitios frescos y vive.
Y nadie impuso un diseño urbano ni normas ni certificaciones. Ni se preocupó del pobre planeta que estamos matando poco a poco entre todos. Colocamos nuestros aparatos y nos va bien. Y cada verano aguantamos esas olas de calor que ocupan tiempos en la tele y en la radio. Y seguimos vivos. Y felices, más o menos.


